El PISA de hace siglo y medio

Si comparamos las puntuaciones PISA con la estatura y la media estuviese en 170 cm ¿ diríamos que hemos pasado de ser enanos a gigantes si pasamos de medir 169 a 171 cm?

PISAA pesar de los titulares de la prensa y el orgullo del Ministerio de Educación, los resultados de PISA muestran una situación bastante estable en los últimos 15 años.

Variaciones por debajo de 10 puntos no merecen ser consideradas, pues pueden deberse tanto a errores estadísticos como de medición (por ejemplo, la competencia en lectura bajó en muchos países en 2006, para subir en el siguiente PISA, en España y en muchos países, sin que haya más explicación coherente que un problema metodológico).

Seguimos donde estábamos, en el pelotón de en medio, unas veces un pelín por abajo, otras un pelín por arriba. Si pasásemos las puntuaciones PISA a estatura (mediante normalización), es como si la media estuviese en 170, y cuando pasamos de medir 169 a 171 nos alegrásemos de haber pasado de ser enanos a gigantes…

El resplandor de unos puntos por encima de la media por lo menos ha servido para que no caigamos en el papanatismo de salir corriendo a ver qué es lo que hacen otros países. Por fin, el debate es mucho más sensato, y se está centrando en observar las diferencias que hay entre comunidades autónomas. Comparten la legislación (o mejor dicho la “revolución permanente” de los cambios legislativos), y el parecido que hay en métodos didácticos, formación, selección y contratación del profesorado, materiales escolares, etc. es mucho mayor entre comunidades que si comparamos países. Dicho de otra forma, los factores institucionales que permiten que Castilla y León sea una potencia educativa son muy similares a los que hay en el resto de comunidades autónomas. Ya no podemos decir que Finlandia hace o deja de hacer, máxime cuando no saben muy bien por qué están descendiendo (otra forma de decir que realmente tampoco sabíamos muy bien que es lo que hacían adecuadamente cuando tenían buenos resultados).

Podríamos atribuir las diferencias al importante papel de la descentralización educativa, que ha permitido una variedad de políticas, unas más exitosas que otras. Castilla y León, a diferencia de otras comunidades del PP, ha rehuido del conflicto y la estridencia, y ha optado por reformas consensuadas y tranquilas, lo cual sienta bien desde el punto de vista educativo, aunque mal si lo que se quiere es hacer de la educación un tema conflictivo, como sucedió en Madrid, la Comunidad Valenciana, o como hizo Wert.

Pero hay que relativizar el peso de la descentralización.

Por un lado, otros países mucho más centralizados que el nuestro, como Italia, tienen diferencias territoriales más grandes que las españolas. Por otro, las diferencias educativas vienen de lejos, de muy lejos. Para comprobar esta afirmación, véase gráfico y las tablas de correlaciones al final [si una correlación toma el valor absoluto de uno, quiere decir que ambas variables son realmente lo mismo, y si es el de 0, que no guardan ninguna relación (lineal) entre ambas].

Si miramos la relación entre indicadores educativos por comunidades autónomas, la tasa de alfabetización de 1860 guarda una correlación de 0,994 con la de 1877, y de 0,733 con la de 1960. Es decir, a lo largo de un siglo, se debilitó la relación entre alfabetización según comunidades autónomas, pero siguió siendo notablemente alta (recuerde que antes de los ochenta no existían como unidades territoriales). Si tomamos el nivel de lectura en PISA en 2009 (participaron catorce comunidades autónomas), observamos una correlación parecida con la tasa de alfabetización de 1860, de 0,716. El rendimiento en lectura mantiene una inercia de un siglo y medio, o dicho de otra forma, las tasas de alfabetización son el PISA de hace siglo y medio.

En 2015 la correlación se debilita.

Por un lado, como se observa en el gráfico, Castilla – La Mancha y la Comunidad Valenciana, que no había participado en 2009, lo hace mejor de lo que cabría esperar por su nivel de alfabetización pasado. Por otro, dos comunidades que empezaron bien en PISA, País Vasco y La Rioja, han ido empeorando. Especialmente llamativo es el caso del País Vasco, que habrá que estudiar con detenimiento. La inversión por estudiante en esta comunidad autónoma duplica el promedio de España, el nivel educativo de la población adulta es alto, y otros indicadores educativos son bastante buenos, como la tasa de abandono educativo. Si no hay un problema metodológico (podría ser), habrá que aprender mucho de este rápido retroceso, cuando sepamos a qué se debe.

Las correlaciones y el gráfico nos muestran que no podemos hacer ningún tipo de diagnóstico sin tener en cuenta cuál es el nivel de partida de hace siglo y medio, por lo menos. Incluso nos podemos ir a la Reconquista, para buscar una explicación: la desigual distribución de la tierra. El campesinado del sur de España vivió en condiciones de semi-esclavitud, no muy distintas a la de los negros en EEUU. Ni tenía acceso a la educación, ni la educación le reportaba ningún beneficio en esas condiciones de vida. Por el contrario, en las “Castillas”,  la mejor distribución de la tierra y la concentración de la población en pueblos (en vez de dispersa por cortijos), hicieron que estudiar se pudiera rentabilizar, y que fuese más fácil proveer servicios educativos.

La inercia educativa es más pesada de lo que nos gustaría, y este choque cognitivo hace que muchos quieran quitar peso a la evidencia. Pero los datos están ahí. Por eso, es grotesco oír cómo se echan culpas y beneficios a los resultados educativos según lo que se ha hecho en la última legislatura autonómica o nacional. Más aún si tenemos en cuenta que si algo nos está diciendo PISA es que son pocos los países que mejoran o empeoran (no solemos mirar a los que empeoran, como Finlandia, Suecia o Australia, seguro que también tenemos que aprender de ellos).

Ahora podemos ir a investigar a Castilla y León, en vez de a Finlandia, a ver qué hacen bien allá. O mucho mejor, podemos hacer el experimento (mental, por supuesto), de traer al profesorado del mejor centro educativo de Castilla y León y meterlo en el peor centro de Canarias o Andalucía (o viceversa), a ver si la cosa está en el profesorado, el alumnado, la relación entre sociedad y educación, etc.

En resumen, los datos que ofrece PISA son complejos, deben ser situados en un contexto social y hacemos un flaco favor al debate educativo si por unos “milímetros de estatura PISA” arriba o abajo sacamos conclusiones de donde no se pueden sacar.


GRÁFICO: Relación entra la tasa de alfabetización en 1860 y las puntuaciones en lectura en PISA en 2015, por comunidades autónomas.

Fuente: Núñez, Clara E. (2007) y OCDE (2015).

Fuente: Núñez, Clara E. (2007) y OCDE (2015).

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