Elogio del aula

En este siglo de cuerpos de silicio, espacios ilimitados y tiempos indefinidos, habría que detenerse a contemplar ese universo común que es un aula.

¿los profesores son imprescindibles en nuestra sociedad? Biesta propone devolver la enseñanza a la educación, retornar a la figura del maestro, volver la mirada atenta a ese acontecimiento de “unos niños en un aula”.

Elogiar el aula en tiempos de dispositivos y plataformas sea, tal vez, un modo digno de guardar el legado del pensamiento crítico.

Los pasados días La Vanguardia lanzó una encuesta: ¿Los profesores son imprescindibles en nuestra sociedad? Así, la sola pregunta lanzada al viento de las redes. Debajo de la pregunta, una imagen: nucas, manos levantadas, docente, tiza, pizarrón, con la aclaración “unos niños en un aula”. Debajo de unos niños en un aula, las opciones de rigor: un círculo para el sí, espacio, un círculo para el no. Así, la sola pregunta, la sola imagen, el círculo de la disyunción exclusiva e implacable. Bajo el encierro binario de la respuesta, la pregunta por la prescindibilidad de los docentes se grafica con la imagen de un aula.

En el siglo XXI se puede aprender en cualquier momento y en cualquier espacio. El siglo XXI anticipa el cielo abierto del autodidactismo, la comunidad ya llegada de facilitadores a la mano, tutoriales a los dedos, explicaciones breves, el punto power de presentaciones cortas que marcan los beneficios de una memoria sucinta y resumida. El aula tiene que cambiar porque en el siglo XXI se puede aprender en cualquier momento y en cualquier espacio. El aula está de más en un siglo en que nuestros cuerpos ya se han adherido a las carnes del dispositivo. El aula tiene que cambiar porque recuerda a unos orígenes de claustro de doctrina. En el siglo XXI, a las puertas de la industria 4.0, tiene que cambiar esa habitación con olor fabril, con textura a disciplina, con disposición de jerarquía vertical, con recuerdo a estrado y adulteces y autoridades.

Nunca fuimos tan libres, nunca antes del siglo XXI fuimos tan libres, con las libertades guardadas en nuestros bolsillos, con la emancipación a un click de distancia, a un touch de nuestro destino autónomo. Y muchos educadores se han convertido en arquitectos del aprendizaje, señalizando la nueva distribución del aula, porque el aula tiene que cambiar para un futuro cambiante, hay que poner los pupitres en ronda, hay que dar vuelta la pizarra, hay que escribir de costado, en el piso, en la pared, no hay que escribir, hay que cambiar el aula y hay que cambiar la clase porque ya todos los dispositivos nos hablan desde el bolsillo; no hay que escribir pero tampoco hay que hablar porque en el siglo XXI el tedio nos coopta con la brevedad de un power point y, entonces, tal vez sea mejor mantener silencio, mirarnos todos en ronda para escuchar lo que nos dicen nuestros dispositivos desde los bolsillos.

El siglo XXI es el siglo del aprendizaje, todos dóciles aprendices en la sociedad del aprendizaje, a cualquier hora y en cualquier espacio, basta la buena conexión del aprendiz dispuesto. Los siglos anteriores, tal vez, hayan sido los siglos de la enseñanza, pero la época que nos corre parece ser el siglo del aprendizaje. El aula nos quedó chica frente a la espesura abierta de la red, todos aprendices obedientes, constantes, permanentes, acariciando la pantalla.

Universidad-Pontificia-Salamanca
Habría que detenerse a las puertas de una facultad, habría que detenerse a mirar cómo los estudiantes siguen agrupándose en la vereda, subiendo en fila desordenada las escaleras, habitando los pasillos, ocupando las aulas, viejos y nuevos, los estudiantes como nosotros y también los nuevos, los que ya nacieron sabiendo hablar la lengua del dispositivo, ocupando los bancos, mirando la pizarra, esperando que la puerta de su aula se cierre. Habría que detenerse, temprano a la mañana, tarde a la noche, a observar ese misterio que logran muchos docentes una vez que cierran las puertas de su aula. En este siglo de cuerpos de silicio, espacios ilimitados y tiempos indefinidos, habría que detenerse a contemplar ese universo común que es un aula.

En algún texto, María Zambrano compara un aula con un claro de bosque, ese lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así, donde sucede aquello que no puede suceder en ningún otro tiempo y en ningún otro espacio. Philip Roth, en El profesor del deseo, dice que no hay nada en la vida que pueda compararse con un aula; “Queridos amigos”, dice el profesor a sus alumnos “graben esto a fuego en sus memorias, porque una vez que salgan de aquí, raro será que alguien les hable o los escuche del modo en que ahora se hablan y se escuchan entre ustedes en esta pequeña habitación luminosa y yerma”. Todo gran pensador lleva en sí la historia de su maestro, la historia de todo gran pensador y su maestro lleva en sí un claro de bosque. Finalmente, también lo mismo sucede con nosotros, los pequeños, los cotidianos, los que esperamos que la puerta del aula se cierre para que suceda eso que se distingue de las cosas y de los modos que puedan aprenderse en cualquier momento y en cualquier lugar. En una sociedad en la que todo se ha vuelto aprendizaje y emprendedurismo y liderazgo, el profesor Gert Biesta anticipa los riesgos del corrimiento de la figura del docente de la familia semántica de la educación. La pregunta es síntoma del corrimiento: ¿los profesores son imprescindibles en nuestra sociedad? Biesta propone devolver la enseñanza a la educación, retornar a la figura del maestro, volver la mirada atenta a ese acontecimiento de “unos niños en un aula”.

En el 399 A.C., una de las acusaciones que se le hace a Sócrates es la de corromper a los jóvenes. Se lo lleva a juicio, se le da a elegir entre el exilio o la cicuta. Sócrates elige la cicuta, pero la corrupción ya está hecha, los jóvenes ya saben que el pensamiento nada tiene que ver con los cúmulos de información, ya saben que la interrogación tiene la robustez de un arma potente, saben que dar razones es una gimnasia que hay que ejercitar, que la verdad nace cuando se abre a diálogo, que las grandes cosas sólo se iluminan con la guía de una puesta en común. Sócrates muere habiendo corrompido a los jóvenes, en un tiempo muy cercano a las enseñanzas y muy lejano a las instituciones modernas; este legado de Sócrates es lo que muchas veces, aún hoy en el siglo XXI, sigue sucediendo cuando se cierra la puerta de un aula. Elogiar el aula en tiempos de dispositivos y plataformas sea, tal vez, un modo digno de guardar el legado del pensamiento crítico.

Mariana Chendo

Mariana Chendo. Directora de la Licenciatura en Ciencias de la Educación USAL

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