La huelga de todas

Necesitamos, tal vez, la sensibilidad para captar una belleza política nueva, que advierta la potencia de un delantal colgado en un balcón.

8M2018-Huelga-General-FeministaEste 8 de marzo paramos todas, y con “todas” quiero decir que ya no se trata sólo, ni especialmente, de las trabajadoras asalariadas, sino también, y con la misma relevancia, de un paro en el consumo, los estudios, los cuidados, en resumen, en todos los sectores de actividad productiva y reproductiva en los que las mujeres jugamos un papel, esto es, todos. Lo haremos en todo el mundo, mujeres de más de 150 países, porque allá donde estemos sufrimos discriminación y explotación, cosificación, violencia y exclusión.

Pararemos de norte a sur y de este a oeste; pararemos para forzar un paso adelante, para dar un golpe en la mesa, para cuestionar un tablero que no se puede perpetuar más; para que ese día, a lo largo y ancho del planeta entero, en cada rincón, se cuestione la vergüenza que supone el hecho objetivo de que la mitad de la población vive aún en condiciones de inferioridad, un desequilibrio que afecta a lo público y a lo privado, a lo común y a lo íntimo.

El 8 de marzo iremos a la huelga, cada una en su ámbito, según sus posibilidades, a su manera, porque esta es una huelga tan inclusiva y transversal como lo es el propio patriarcado, y tan creativa que todos tendremos que hacer un esfuerzo para entender su auténtica y polimorfa dimensión. No será sólo una huelga de 24 horas con perfecta cobertura legal gracias a los sindicatos CNT, CGT o STEC, tampoco sólo un día de llamativas manifestaciones por todo el mundo con las mujeres a la cabeza —detrás irá la parte mixta de la manifestación— que regarán las calles de cuerpos, de esperanza y de lucha. Tampoco será sólo la huelga de las asambleas, aunque haya que agradecer a las asambleas el tiempo dedicado a hacerla posible, el tiempo regalado a la causa común. Será la huelga de todas, de ti, de ti y de ti, mía, de todas, de nosotras, de las que, en cualquier lugar, desde sus casas, trabajos, con sus hijos, en los medios, en el parque… quieran sentirse parte de la vibración de un cambio drástico, de un paso en el avance de la humanidad.

Lo haremos por las mujeres que somos explotadas día a día por la falta de corresponsabilidad en los cuidados, tanto del Estado como de los varones; por las que somos acosadas, juzgadas, golpeadas y violadas; por las que tenemos trabajos precarios, mal retribuidos o feminizados; por las niñas, educadas con una visión patriarcal; por las mujeres mayores, que alcanzamos la vejez en condiciones precarias después de toda una vida de trabajo; por las que sufrimos triples y hasta cuádruples discriminaciones por ser, además de mujeres, pobres, racializadas, migrantes, lesbianas, transexuales; por las niñas y mujeres a quienes nos estirpan el clítoris; por las madres que sufrimos la violencia obstétrica y por quienes no deseamos tener hijos; por aquellas que sufrimos anorexia o bulimia, y por quienes vemos nuestra vida condicionada por el índice de masa corporal, el tamaño de los senos o la amplitud de nuestras curvas; por aquellas que somos víctimas de trata, o sufrimos la explotación sexual en la prostitución indeseada, y por aquellas que queremos prostituirnos pero no disponemos de derechos; por las que somos feministas, por las que llegaremos a serlo e, incluso, por aquellas que niegan la lucha común y se amoldan al patriarcado… Por todas.

Mujeres de 150 países diremos “basta”, y lo que veremos en los medios y las fotos será sólo la espuma de esta marea feminista, porque la nueva ola en la lucha de las mujeres acumula fuerza para estallar cada día contra el dique de la desigualdad en cada vida, en la vida de todas y cada una de nosotras. A cada paso más unidas, más fuertes, más visibles. Ante todo, este 8 de marzo, haremos pensar a toda la sociedad, y pensaremos las unas en las otras, orgullosas de ser mujeres, y abiertas a que una sororidad desatada nos una en una misma voz pese a todas nuestras lógicas diferencias.

Y hay que prepararse para mirar la cita, que tiene un carácter inédito, con gafas nuevas, tratando de entender nuevas realidades de lucha, como esta nuestra que se cuela en los hogares y el consumo, en cada gesto de nuestra cotidianidad, y que reúne a mujeres tan diversas unidas por una problemática común. Tendemos a buscar un ideario claro, cuando a menudo las opresiones son sutiles y difusas, se enredan y entreveran. Deseamos simplificar los sujetos y las herramientas de lucha, y privilegiamos lo masivo y lo épico, porque tenemos en mente el modelo revolucionario de los siglos XIX y XX pero, en el siglo XXI, esta huelga —y otras manifestaciones sociales como el 15M— nos obliga, si queremos entender su potencia, a asumir escenarios diversos y complejos en un mismo afán por diseñar un porvenir más justo, trabajos políticos de gran calado que, sin embargo, se producen en el seno de transformaciones invisibles y silenciosas, micropolíticas y no sólo macropolíticas. Necesitamos, tal vez, la sensibilidad para captar una belleza política nueva, que advierta la potencia de un delantal colgado en un balcón.

Esta huelga total feminista no encaja, tampoco, sin dificultad, por más que algunas y algunos conservadores se empeñen, en el eje derecha-izquierda, revienta sus costuras. En todo caso, podría tener que ver con otro eje de tinte más ético, actitudinal: el eje conservador-progresista, entendido el término “progresista” en un sentido amplio, no estrictamente político ni opuesto a revolucionario si aceptamos que ser humanamente progresista —que no meramente “progre” o liberal-progresista— supone estar dispuesto a impulsar mejoras sociales, a sostener tanto pequeños cambios como revoluciones si es que nos hacen mejores. El feminismo, como esta huelga, tiene un objetivo muy amplio, civilizatorio, porque busca una mejora en las condiciones de vida de todos los seres humanos y del propio planeta: de las unas, por caminar hacia el fin de su explotación y discriminación; de los otros, por invitarles a dejar de ser agentes de abuso y desigualdad para vivir en un mundo menos injusto; de todos y todas, porque poner la vida en el centro y dar su justo lugar a los valores de cuidado supone cuestionar la vorágine destructora en que nos encontramos sumidos, el planeta y todos sus habitantes.

Decía Mary Wolsstoncraft, ya en 1792, que el feminismo “es una apelación al buen sentido de la humanidad”. Apelamos sin complejos al buen sentido en esta huelga feminista que aspira a ser la huelga de todas.

Patricia Manrique.- Filósofa y periodista.

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