Mano dura

—pegar al guaje es igual que pegar a la pareja, ¿qué diferencia hay?—: toda violencia conlleva, en ese sentido, una regresión, una retirada, una pequeña o una gran renuncia de la condición humana.

Va uno a tomarse un café y escucha al de al lado exigir mano dura como quien pide un corto con una nueva modalidad de tapa. En la calle, en la parada del autobús, en la carnicería y hasta en la cola del espectáculo infantil hay alguien que solicita mano dura y lo hace sin disimulo, sin camuflaje, casi orgulloso de la justicia y la oportunidad de su demanda. Se percibe estos días un runrún implorante de manos duras, una oscura letanía que suspira por nudillos férreos y palmas callosas, y uno empieza a caminar por la ciudad con la cabeza baja como si en cualquier momento le fuera a caer un torniscón.

Lo curioso y lo inquietante del caso es que no encontramos solo, entre esa romería de suplicantes, a gentes orilladas por el sistema, a lunáticos y a nostálgicos de otras épocas sino a honrados padres de familia con diversos grados de estudios superiores, catedráticos de humanidades incluidos, a personas viajadas y conocedoras, a periodistas, a directivos que ganan una pasta y a poseedores de títulos de ingeniería de lo más diestro. O sea, bandas de población realmente beneficiadas por los diversos estilos de socialdemocracia cultivados en este país en las últimas décadas.

Esto preocupa porque, a poco que se mire, la mano dura supone siempre un fracaso. La mano dura, el cachete, la guantada, la prohibición, la reacción, el retroceso, es el último recurso del padre nervioso y estúpido. La mano dura en realidad es blandísima porque acostumbra a esconder una larga retahíla de complejos e inseguridades, y esto vale para todos los ámbitos —pegar al guaje es igual que pegar a la pareja, ¿qué diferencia hay?—: toda violencia conlleva, en ese sentido, una regresión, una retirada, una pequeña o una gran renuncia de la condición humana.

El que ahora pide que se dé marcha atrás en las conquistas sociales, el que busca bancos de votos en las aguas de la inmigración y la pobreza, el que pretenda que millones de personas deserten de su autonomía y de su identidad, los de la mano dura, los de la reconquista, los carentes de empatía… mucho me temo que den la mano blanda al saludar. Y eso sí que no tiene un pase.

Algunos piden el maná. Pero a lo mejor lo que cae es una mano de hostias.

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Emilio Gancedo. Periodista

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