Una utopía en Vadinia. Una historia de inclusión escolar

La historia inclusiva de Adrián. Un joven con diversidad funcional al que hace una década Educación quiso enviar a un centro especial hoy es, con 17 años recién cumplidos, un alumno más del IES Vadinia de Cistierna. Una historia de inclusión escolar y de resistencia familiar..

«Amigo Sancho, no es locura, ni utopía, sino justicia cambiar el mundo». Esta frase de El Quijote es uno de los faros que iluminan la vida de María del Mar Álvarez, la madre de Adrián. Hace diecisiete años, los cumplió el viernes, llegó al mundo aquel bebé al que, con apenas unos meses de edad, tuvieron que operarle de cataratas.

Fue la primera prueba de otras muchas que Adrián y su familia, con el apoyo de su entorno, han ido superando a lo largo de este tiempo. El niño fue escolarizado con tres años en el colegio público Manuel Ángel Cano Población. Los apoyos escolares, la estimulación y el empeño familiar permitieron que el chaval permaneciera gran parte del tiempo en el aula.

Con seis años le propusieron escolarización combinada: una parte en el colegio de Cistierna y otra en un centro especial que suponía desplazarse a León. Se negó y resistió. Cuando el niño cumplió los ocho años el dictamen fue tajante. «Un informe psicopedgógico indicaba que lo mejor para Adrián era llevarle a un colegio de educación especial porque sus necesidades no podían ser atendidas dentro de la escuela», explica la madre.

Volvió a negarse. Le dijeron que el niño nunca leería y que «para qué quería estudiar inglés». Aún así no cedió. «Si nos fiamos de los informes, nunca se hubiera intentado. ¿Cómo iba a evolucionar el niño? Me gustaría saber qué opinan ahora», añade.

Empezó su batalla con la inspección educativa y los equipos de orientación para lograr mantener a su hijo en la escuela ordinaria. No era una locura. Ni una utopía. La Convención de Derechos de las Personas con Discapacidad acababa de aprobarse. «La administración estaba dispuesta a gastarse un dineral en un internado en Ponferrada y no poner los apoyos», subraya.

El artículo 25 reconoce el derecho a la educación inclusiva y dice más: «Los estados partes asegurarán un sistema de educación inclusivo a todos los niveles, así como la enseñanza a la largo de la vida con miras a desarrollar plenamente el potencial humano y el sentido de la dignidad y la autoestima y reforzar el respeto por los derechos humanos».

España ratificó esta convención en abril de 2008. Es la bandera de los movimientos que desde los años 80 empezaron a cuestionar la segregación y el ocultamiento de las personas con discapacidad o diversidad funcional de todos los ámbitos sociales, empezando por la escuela.

María del Mar Álvarez descubrió en Solcom el asidero comunitario para reivindicar los derechos de su hijo y en expertos como el psicólogo Gerardo Echeita el apoyo científico y también moral para plantar una dura batalla. Nueve años después, con su hijo escolarizado desde hace tres en el IES Vadinia de Cistierna, asegura que «la lucha es dura, pero merece la pena». Adrián aprendió a leer y sigue estudiando inglés. Pero no se trata sólo de conocimientos. Como dice el profesor de Educación Física, Julián, uno de los preferidos de Adrián: «La diversidad hace crecer a todos y si no la vemos en la escuela, cuando salgamos a la calle no sabremos cómo actuar».

El centro se adapta

Adrián llegó hace tres años al instituto y está en 2º de la ESO. «El centro se ha adaptado a sus necesidades, porque es el centro quien se tiene que adaptar», recalca el director, José María Tascón. El joven tiene un horario escolar reducido, sale del aula una buena parte de la jornada lectiva —más de lo que su madre quisiera—, cuenta con una ATE (Ayudante Técnica de Educación), Elena, que es su profesional de referencia, y comparte actividades con otras alumnas y alumnos con necesidades educativas especiales bajo la orientación de las pedagogas terapeutas.

El equipo de PT colabora con el resto del profesorado y abarca las necesidades de todo el alumnado que precisa un apoyo específico. Sus aulas son espacios donde se refuerzan tareas a nivel individual y en grupo.

Todos los martes acude al centro otra profesional. Mar de la Once, como la llama Adrián, es otra de las personas de referencia en el progreso educativo y vital de este joven. También está Vero en la Biblioteca, donde Adrián lee su libro preferido de peces.

«Todos los alumnos tienen necesidades», asegura el director, José María Tascón. En el caso de Adrián, aparte de las adaptaciones curriculares y físicas que precisa, uno de los objetivos prioritarios es la socialización.

«El factor humano es fundamental. La administración nos ha dado recursos que benefician a todo el mundo —ahora contamos con dos PT— pero es que son personas excepcionales que hacen un trabajo maravilloso y tienen una paciencia infinita», destaca el director.

Señala que además de los recursos humanos y técnicos, en la inclusión educativa «es fundamental aplicar el sentido común, empatizar y escuchar a las familias».Las personas con diversidad funcional que asisten al centro «aportan más de lo que la gente puede creer», apostilla.

A la hora del recreo a Adrián le gusta ir al pabellón de deportes. Y sobre todo lanzar pelotas a la canasta. Lo importante es que «esté con el alumnado del centro. Es uno más», asegura el profesor de Educación Física.Muchos conocen a Adrián desde la escuela y como vecinos o amigos de toda la vida.

Hace unos días participó con entusiasmo en las jornadas de deporte paralímpico que se celebraron en el pabellón. «A Adrián le conocen y le saludan. Todo el mundo le llama por su nombre», añade el director. La idea de que todo el mundo, con sus diferencias, tiene que convivir en una sociedad diversa deja atrás los viejos prejuicios que apartaban de la sociedad e incluso escondían a personas que se tildaba de ‘raras’. «No son gente rara, son personas con diversidad funcional», recalca María del Mar Álvarez. Porque las palabras importan. La madre de Adrián está harta de leer informes «llenos de etiquetas y barreras» y en los que «incluso se cuestiona a la familia». Cuando se opuso a que su hijo fuera a un centro de educación especial el reto era muy grande: «Tenía que ir interno así que les dije que me tenían que quitar la patria potestad para hacerlo», relata.

Presión dura

La presión fue «muy dura». «Me decían que se iban a reír del niño». Ella lo tenía claro, pero entiende que «muchas familias cedan a las presiones». Sus argumentos para que su hijo permaneciera en Cistierna van más allá del derecho a la educación:«No sólo se trata de su derecho a la educación, también del derecho a vivir en su pueblo y a la familia», recalca.

Si hubiera aceptado que su hijo entrara en el colegio especial hoy estaría interno en Ponferrada, pues la residencia de León, que dependía de la Diputación, fue suprimida hace años por Isabel Carrasco.

Fueron meses de lucha dura. Cada vez que había que visitar al equipo era como presentarse a un examen. Pasaron los años y llegó la hora de que pasara al instituto. Adrián tenía 13 años. «Mi hijo va a ir al instituto», dijo María del Mar Álvarez.

No tuvo que decir que no a otra propuesta que habría rechazado. El camino estaba abierto y entró en el proceso de admisión. El instituto es el recurso educativo para la etapa obligatoria de secundaria que hay en la comarca y «el niño tiene derecho a estar aquí», aclara el director.

Que Adrián está feliz e integrado en la vida del instituto no es que lo diga su madre, ni el director, ni el profesorado. Salta a la vista. El papel de la ATE es fudamental. Sus funciones «van más allá de la mera asistencia y debería estar reconocido con otra categoría», apostilla la madre.

De la misma manera que también insta a cambiar las leyes que limitan la escolarización de las personas con discapacidad a los 21 años. «Tienen derecho a seguir formándose toda la vida igual que el resto del mundo», recalca. Esta restricción también va en contra de la Convención de Derechos de las Personas con Discapacidad, recuerda que reconoce la formación a lo largo de toda la vida. Solcom ya ha planteado esta exigencia al consejero de Educación, Fernando Rey.

«Queda mucho por hacer», señala la combativa madre mientras recuerda otra de sus citas de cabecera, del escritor Eduardo Galeano: «Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres».

«Adrián, ven pronto para reírnos a carcajadas»

Adrián celebró el viernes su diecisiete cumpleaños y una pequeña despedida porque en los próximos días tienen que operarle de la espalda. Ayer aún disfrutaba leyendo las tarjetas que le escribieron sus compañeros y compañeras: «Adrián quiero que te recuperes pronto y vengas a trabajar con nosotros». «Te echaré de menos» y «quiero que vengas pronto para reírme contigo a carcajadas» son otras de las dedicatorias que le escribieron en clase. La utopía de la inclusión, con mejoras siempre deseables, tiene un ejemplo en este instituto de la montaña oriental leonesa donde conviven niños y niñas que bajan de diversas localidades con circunstancias personales y sociales muy diversas. El caso de Adrián es sólo un ejemplo de que «si se quiere, se puede», apostilla su madre, María del Mar Álvarez.

EDITORIAL | Una historia para la educación inclusiva

La lucha de la familia de Adrián durante años es un ejemplo de lo que puede aportar una educación inclusiva para las personas con discapacidad o diversidad funcional. Ha sido una historia esforzada, de enfrentamiento con las administraciones, pero que ha permitido que el joven viva integrado en su familia y en su entorno de amigos y compañeros, y no recluido en un centro especial y alejado de los suyos, como han pretendido los estamentos oficiales con insistencia.

Las recomendaciones de la Convención de Derechos de las Personas con Discapacidad están aún lejos de cumplirse, y siguen cercenándose las posibilidades de aquellos cuyas familias no tienen los recursos o la tenacidad de la de Adrián. Incluir, no excluir, es el principio fundamental. Y utilizar los sistemas de enseñanza para desarrollar tanto las potencialidades de las personas como su sentido de la dignidad y la autoestima. El Instituto Vadinia de Cistierna es hoy testigo de cómo esta vocación integradora y educadora da frutos alentadores. Un ejemplo, familiar y escolar, a seguir.

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