La escuela confinada

Desde que estamos confinados, la principal preocupación de los compañeros maestros es qué podemos hacer y cómo podemos hacerlo: nos preocupa si lo que preparamos es suficiente y adecuado o si las familias reciben suficiente orientaciones y apoyo por nuestra parte. Como profesionales de la educación, queremos hacer lo mejor y no siempre el encertam. Estas semanas nos encontramos ante dos enfoques sobre cómo desarrollar la escuela en tiempos de confinamiento.

La primera considera que con el cambio de herramientas y formatos conseguimos transmitir contenidos y competencias. Gracias a las nuevas tecnologías, en el aula digital y unos padres ahora convertidos también en docentes se puede seguir transmitiendo y ofreciendo contenidos al alumnado. Este planteamiento se basa en que todas las familias viven en las mismas condiciones y disponen de los mismos recursos.

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Sin embargo, todos tenemos y cada vez más alumnos de familias con hogares pequeños, a menudo compartidas con muchas personas, familias que no disponen de ordenador en casa, ni impresora o, sencillamente, sin acceso a internet. No son pocos los casos donde el único ordenador en la casa sea para que los padres puedan realizar teletrabajo. También nos encontramos en situaciones donde el esforzado alumno intenta hacer las tareas digitales … a través del móvil de los padres. A veces, también es difícil encontrar material escolar básico a los domicilios: pinturas, libros o cuentos.

El rol de los padres, ahora convertidos en docentes de un día para otro, también se da por garantizado. Familias donde los progenitores no tienen suficientes recursos culturales ni educativos, situaciones sociolaborales precarias durísimas o situaciones de salud -o pérdida- de miembros de la misma familia son preocupaciones que condicionan la capacidad “docente” de los padres. En definitiva, situaciones obvias de desigualdad social, de renta, de entornos sociales y culturales muy diferentes o de situaciones emocionales críticas.

La escuela es un gran instrumento para lograr la inclusión y la cohesión social: una herramienta compensadora de carencias, en una sociedad que cada vez es más heterogénea y desigual. Si nuestras propuestas como maestros confinados se limitan a enviar tareas digitales, nos alejamos de estos dos principios inspiradores.

En cambio, tenemos la magnífica oportunidad de educar en la experiencia: desde lo que pasa y, sobre todo, desde el que nos pasa. Y lo que nos pasa ahora es el Covidien-19, una de las situaciones más únicas que los alumnos vivirán nunca. Desde la escuela debemos ser capaces de acompañar esta vivencia.

En primer lugar, no podemos forzar a los alumnos a estar demasiadas horas detrás las pantallas: las propuestas escolares pueden ayudar a estructurar el día, pero sin que sean un motivo de angustia ni de estrés.

Una segunda premisa para las tareas que proponemos es que deben favorecer el vínculo con el grupo-clase: deben servir de conexión, de oportunidad para reforzar el sentido de pertenencia y también de estímulo hacia las actividades que fomenten las actitudes cooperativas.

Tercero: los maestros debemos cuidar y atender. Esto significa ofrecer apoyo personal a los alumnos ya los padres por separado. Por ejemplo, a través de llamadas telefónicas, que nos permiten hacer más pequeña la distancia y generar confianza a ambos colectivos.

La cuarta propuesta es que las tareas encomendadas deben invitar a la reflexión, al goce y la vivencia compartida: escribir un diario personal, escribir cartas a los amigos, a los padrinos, disfrazarse, bailar, inventar historias …

Un quinto elemento es incorporar la vida cotidiana y las tareas del hogar como una excelente herramienta de aprendizaje: ayudar a cocinar, poner la mesa, poner la lavadora o plegar ropa son actividades que, además de trabajar conceptos básicos, suponen una oportunidad para adquirir responsabilidades compartidas y de valoración de las tareas de cuidado como sostén de la vida.

Para los docentes, este confinamiento también es una oportunidad: para hablar directamente con las familias, para conversar con cada uno de nuestros alumnos por separado, para la preparación para poder integrar esta experiencia en la práctica y los contenidos educativos y ayudar, así, a construir un relato colectivo sobre el sentido de todo esto que habremos superado.

En definitiva, este confinamiento es una oportunidad extraordinaria para la conciliación y la convivencia con las personas queridas -normalmente siempre demasiado ocupados y demasiado apresurados. También es la ocasión para aprender de manera diferente: compartir y ser solidarios es un gran aprendizaje para la vida, y de hecho, esta es la razón de ser del confinamiento. Y desde la escuela debemos acompañar este proceso, con independencia de las circunstancias sociales de cada familia.

Maestros Educación Infantil
17-04-2020
EMYLSE MAS MIR

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