Una utopía sin paraísos. España pierde anualmente más de 5.000 millones de euros, es decir, el equivalente a todo el presupuesto de educación.

Imaginad cómo sería la educación pública si se redujese a la mitad el alumnado por aula, o si se gastase mucho más en clases de apoyo a los más desfavorecidos, si se incrementasen las becas, si tuviésemos una educación que de verdad favoreciese una auténtica igualdad de oportunidades.

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España pierde anualmente más de 5.000 millones de euros, es decir, el equivalente a todo el presupuesto de educación.

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«Como no quiero que me tachen de radical y antisistema, me apresuro a decir que mi medida es absolutamente socialdemócrata, una defensa acerada del Estado del bienestar y de la legalidad»

Me proponen desde lamarea.com que pida un deseo para el 2022 o, de forma más optimista, que formule una utopía para el futuro, supongo que con el fin de contrarrestar el ánimo más bien distópico que recorre el mundo. Yo soy muy aficionado a las distopías en la ficción y a las utopías en la política; las primeras porque sirven de advertencia; las segundas, de aspiraciones inalcanzables que nos permiten comprender nuestros deseos no como individuos, sino como comunidad.

Mi utopía sería conseguir un mundo sin paraísos. Pero entiendo que este deseo es demasiado general y lejano; por mucho que me imbuya de pensamiento positivo, no puedo casi ni siquiera imaginar un mundo igualitario en el que no existiesen esos cotos cerrados excluyentes que, de siempre, han sido los paraísos, cuyos habitantes nunca han estado dispuestos a compartir sus privilegios. Confieso compungido mi falta de optimismo. Así que voy a intentar acotar y proponer algo más modesto, y factible si existiese la voluntad política: un mundo sin paraísos fiscales.

Para conseguirlo, propongo de entrada la creación solemne de un nuevo «Eje del mal». Este eje no debe incluir a los países que molestan a Estados Unidos y sus aliados, sino a aquellos que verdaderamente son una amenaza para el bienestar mundial: los paraísos fiscales. Para enfrentarnos a ellos no propongo una «Tormenta del desierto» en el Caribe ni un a «Operación libertad duradera» en Suiza. Bastaría con ese medio, tan fácil de imponer cuando conviene a los intereses políticos y empresariales y tan extremista y descabellado cuando los contradice: el bloqueo. Prohibición de exportar bienes y de comerciar con los países y regiones que funcionan como paraísos fiscales o que realizan un descarado dumping fiscal. Ya imagino que esto plantearía pequeños problemas diplomáticos en la UE a la hora de aplicar las medidas a Países Bajos Luxemburgo e Irlanda, pero la situación es grave. No podemos escatimar medios. El futuro es de los, y las, valientes.

Como no quiero que me tachen de radical y antisistema, me apresuro a decir que mi medida es absolutamente socialdemócrata, una defensa acerada del Estado del bienestar y de la legalidad, que se ven comprometidos por el dinero escondido en islas vírgenes y en montañas nevadas, y también en centros financieros que no saldrían en folletos turísticos. Me explico.

El 8% del PIB mundial se encuentra oculto en paraísos fiscales. Por su culpa, los Estados pierden entre 500.000 y 600.000 millones anuales en ingresos. Pero como estas cifras son tan exorbitantes que pueden provocar la indiferencia por nuestra incapacidad para imaginarlas, intento dar ejemplos más manejables. España pierde anualmente más de 5.000 millones de euros, es decir, el equivalente a todo el presupuesto de educación. Imaginad cómo sería la educación pública si se redujese a la mitad el alumnado por aula, o si se gastase mucho más en clases de apoyo a los más desfavorecidos, si se incrementasen las becas, si tuviésemos una educación que de verdad favoreciese una auténtica igualdad de oportunidades. O si se inyectase ese dinero en nuestra atención primaria esquilmada desde hace años, si se contratase a más médicos, si tuviesen más medios.

Pero además, no sólo se pierden esos 5.000 millones, sino mucho más. Porque por culpa del dumping y los paraísos fiscales, los Estados se han visto obligados a reducir el impuesto de sociedades casi a la mitad en pocas décadas para evitar la huida del capital a climas más adecuados para su multiplicación. Con lo que podemos decir que esos «países forajidos» nos están robando buena parte de lo público, y atentan contra la posibilidad de tener sociedades más igualitarias y con un mayor bienestar.

¿Bastan estas consideraciones para justificar un ataque frontal contra esos trileros de billones? Por si no fuese el caso, añadiré algo que ya sabéis; que los paraísos fiscales son las cajas negras en las que se esconden el dinero del narcotráfico, la trata de mujeres y el tráfico de armas. Que los líderes más corruptos de los países más pobres almacenan en ellos todo lo que roban a millones de personas que viven en la miseria con la complicidad de la banca internacional. Que desde allí se financian guerras. Que sin esos territorios sin ley -o sin ley decente- el mundo sería más seguro, los negocios más sucios tendrían dificultades para esconder sus beneficios, no habría forma de robar a manos llenas sin que se note.

Creo que bastan todas estas razones para defender mi propuesta, que solo es utópica por los colosales intereses a los que se enfrenta. Una campaña de bloqueo, escarnio y ostracismo a los paraísos fiscales y a esos otros que no se llaman así pero operan como tales, es mi pequeña utopía para el futuro. Y también os deseo un 2022 menos cruel que el año que se va, que seáis más felices, y que sigáis luchando por vuestros derechos y vuestras utopías.

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