¡Seño! Que a Manolito se le ha caído la cabeza, ¿se la coloco?

Pasos hacia una escuela inclusiva que avanza hacia una cultura de colaboración

… se debe atender de manera especializada a quienes lo necesitan, con todos los medios; pero preferentemente escolarizarlos con todos los demás…

– ¡Seño! Que a Manolito se le ha caído la cabeza, ¿se la coloco?

– “Claro, pero tú solo y con cuidado” -respondió la maestra.

Era el recreo en Los Salados de Benavente, y algunos profes estaban reunidos con los sindicalistas que íbamos a contarles los cambios de la última ley de educación, que por entonces puede que fuera la LOGSE o la LOPEG.

Le colocaron la cabeza que se había ladeado, erguida sobre el respaldo de la silla de ruedas, y Manolito continuó aplaudiendo y voceando para animar al equipo de su clase que competía contra otro en el campo de fútbol. Ningún profe de los presentes reparó en este hecho, salvo yo, que me sorprendí de la naturalidad con la que los niños que no jugaban seguían desde la barrera animando con alegría a sus compañeros. Manolito no jugaba al fútbol como tampoco lo hacían otros “patosos” de la clase a quienes no se les daba bien y otros a quienes no les gustaba. Pero todos animaban a su equipo, estaban juntos, disfrutaban juntos. Manolito también.

La naturalidad con la que en ese recreo fueron a avisar a la maestra y la reacción normalizada de todos los profesores fue para mí un ejemplo de la integración, que por entonces ya se debatía y se hacía con los apoyos necesarios en el aula normal.

Años más tarde, en el instituto de Aliste, tras explicar a los alumnos de “la” mi tutoría cómo tenían que actuar si sonara la alarma para desalojar el centro, y decirles que alguien debía ayudar a quienes tuvieran dificultad, el delegado resumió: “Entonces, Laura, si suena la alarma esa, yo cierro las ventanas para que no haya corrientes, apaño a Teresita a la espalda, y salimos despacio pero sin parar”. Teresa tenía dificultades para andar que se acrecentaban con los años, y una personalidad que la hacía ser querida y admirada por toda la clase. Cuando sonó la alarma, el delegado fue a “apañarla”, y ella le dijo con una sonrisa: “Quita tonto, que puedo yo sola”. Como iba más despacio, los dos salieron más tarde y juntos, riéndose como todos los demás porque se notaba que era un simulacro de incendio.

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Juntos. Y dando pasos hacia una escuela inclusiva que avanza hacia una cultura de colaboración; que defiende la necesidad de promover escuelas en las que todos puedan participar y ser recibidos como miembros valiosos. La inclusión en la educación es una parte de la inclusión en la sociedad, y favorece una sociedad en la que todos son valorados porque todos tienen algo que aportar.

Cuarenta años de leyes democráticas de educación, y después de la LOECE, LODE, LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE, LOMCE y ahora LOMLOE, la sociedad sigue debatiendo sobre la inclusión del alumnado con necesidades especiales o la segregación en centros de educación especial. Quienes pensamos que todos tenemos cabida en la sociedad y en la escuela, defendemos que se debe atender de manera especializada a quienes lo necesitan, con todos los medios; pero preferentemente escolarizarlos con todos los demás, para que Manolito anime a su equipo aunque se le caiga la cabeza. Las familias con niños “especiales” saben que integrar en su escuela es posible, como lo es en su casa, y como debería serlo en nuestra sociedad.

Mi primer trabajo bajo la LOECE de 1.980 fue en Porto de Sanabria, donde los niños de infantil como todo el pueblo hablaban lo que parecía gallego y ellos llamaban portexo. En clase aprendí de mis alumnos que a diario comían “frueba” (no sé si se escribe así), que era “una cosa blanca con pelitos”, o sea, tocino. Y ellos aprendieron que el “lobu” protagonista de todos sus cuentos, se escribía acabando con la “o”, la letra redondita. Tres años después y ya dando clase de 7º y 8º de EGB, todos los alumnos aprobaron la prueba de graduado en un correcto castellano o español. ¿Cuál era la lengua materna? ¿Cuál era la lengua oficial? Y sobre todo para los detractores de la nueva ley ¿Cuál fue la lengua vehicular durante la escolarización: la de los niños, la de los maestros, o ambas? ¡Fai friu! Decíamos todos en lengua vehicular.

La lengua vehicular no fue un problema para los niños y niñas de Porto, como no lo fue ni lo es actualmente tampoco para los 500 pueblos de Zamora la tan cacareada libertad de enseñanza, o sea, libertad para elegir el centro educativo y el ideario educativo que quieran los padres en un centro concertado. Para todos los niños de Zamora y sus familias no hay derecho a la libertad de enseñanza, salvo en la capital, Benavente y Toro. Los demás solo pueden ir gratis a la escuela de su pueblo, o a la comarcal, o a la escuela hogar de Puebla y de Zamora si queda muy lejos su pueblo de la comarcal más cercana. ¿Libertad para quién?

¿Y libertad para qué? ¿Para que los niños ricos que pueden pagarse un uniforme o las actividades extraescolares “obligatorias”, o para que los que sus padres no quieren que se junten con los gamberros del barrio, puedan hacerlo? Pero puede que sus hijos sean los gamberros ¿Para qué los que quieren una educación basada en la moral y los valores de la doctrina católica puedan estudiarla? Pero si hasta la escuela más pequeña y donde haya un solo alumno que quiera estudiar religión puede hacerlo en la escuela pública, con profesores especialistas que nombra el obispo con la “missio canónica” (que sustituye a la oposición pura y dura de los demás profes).

Algo que no sucede con otras asignaturas optativas en las que se exige un mínimo de 10 alumnos para impartirla. Y con el respeto, por supuesto, de la escuela pública y laica, que no discrimina por ideologías, ni segrega por doctrinas, ni separa por sexos. Donde se adoctrina e ideologiza es en la red concertada, señor obispo nuevo de Zamora, sin necesidad de encender la luz.

Querer que además la nota de Religión puntúe como la de otras asignaturas, cuando se evalúan conceptos de índole moral, podría llevarnos al absurdo de que aprueben los creyentes, tengan sobresaliente los buenos, suspendan los malos y se queden en el limbo los de la alternativa. Ni cielo, ni infierno, ni limbo en las escuelas. Para eso ya están los curas y las iglesias, que también pagamos todos como a los profesores de religión. Parece razonable no evaluar creencias, religiones, ni ideologías en la escuela, sino respetarlas.

LOECE, LODE, LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE, LOMCE y ahora LOMLOE, y siguen los mismos temas sin resolver. Quizás porque en este mundo en el que casi todo es economía, no hablan claro del negocio educativo.

¡Goooool! Se oye en el campo de fútbol. Y entonces sí, la maestra se levanta de la silla de un salto y sale a celebrar con los niños de su clase ese gol en el que todos han colaborado, mientras Manolito mantiene la cabeza erguida en una silla que da vueltas sobre sí misma y la chavalería alrededor de la silla, girando juntos como el mundo, todos iguales y todos diferentes.

En esa educación pública de tod@s y para tod@s, que hay que volver a reivindicar con las camisetas verdes de mi esperanza. De la esperanza de la igualdad.

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