Reflexión sobre los efectos, y afectos, de las oposiciones

LA NECESIDAD DE REFLEXIONAR SOBRE LOS EFECTOS -Y AFECTOS- DE LAS OPOSICIONES. Las críticas sobre el actual sistema de oposiciones no deben cubrir lo meramente técnico sino también la parte más (des)humanizadora del proceso.

Espacio de Opinión

Cada mes de junio, cuando se realizan las oposiciones, comienza la lluvia de críticas acerca de un procedimiento que, para muchas personas -tanto aspirantes como funcionariado docente- está muy lejos de atender las cuestiones fundamentales de los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Pero es cierto que hay menos espacio, dentro de estas críticas, a la reflexión que merece el proceso que viven las personas aspirantes durante la celebración de las pruebas, así como a los sentimientos que se producen, muchos de ellos innecesarios y evitables, como son el estrés, la ansiedad, la indefensión, el desconcierto o la frustración.

Da igual que la persona aspirante sea novata o se trate de un experimentado docente con décadas de trabajo en las aulas a sus espaldas. La maquinaria del proceso selectivo se convierte en una fría y deshumanizadora sucesión de acontecimientos que, en ocasiones, parecen favorecer conductas cada vez más individualistas, insolidarias y, en ocasiones, injustas.

Un claro ejemplo de ello, se escenificó el pasado 19 de junio en uno de los cientos de tribunales que se citaron para dar inicio al proceso selectivo. Ante la imposibilidad, regulada este año por primera vez, de acceder al aula con el teléfono móvil, una de las opositoras preguntó a su tribunal por el modo de proceder, y dónde podía guardar su teléfono, que estaba apagado.

Inicialmente, le permitieron acceder al aula para estudiar el modo de resolver el caso, pero acto seguido se le avisó de que se encontraba oficialmente suspendida por haber entrado efectivamente al aula con el dispositivo (pese a ser el propio tribunal quien se lo había indicado), ante la sorpresa de algunas de las personas que asistían, atónitas a la escena. Hubo quien ante esta situación defendió que se resolviese la cuestión de una manera sensata y humana, puesto que en todo momento se había actuado de buena fe, atendiendo a las indicaciones del tribunal y sin, ni mucho menos, afectar de modo alguno a las pruebas que todavía no habían dado comienzo.

Pero no solo se penalizó a la protagonista de este hecho, sino también al opositor que ante tanta ignominia decidió auto-inculparse, como gesto de solidaridad y justicia hacia una compañera que estaba sufriendo un perjuicio desmedido de una situación que tenía otras formas de haber sido resuelta. De hecho, situaciones similares fueron resueltas de un modo más flexible en otros tribunales, añadiendo a la falta de humanidad una grave vulneración del principio de igualdad.

A este caso se suman otros tantos tribunales a los que opositores accedieron con dispositivos móviles apagados por venir de otras regiones en transportes públicos y no tener a nadie, ni ningún coche, que se los custodiara.

La Administración se lava las manos argumentado que se puede vivir sin móvil, no habilitando zonas de custodia de dichos artefactos, y pretendiendo que miles de personas se desplacen de manera absolutamente incomunicada, sin poder contactar con nadie, sin poder consultar horarios de transportes públicos, porque en algún momento se ha decidido que un móvil apagado no puede entrar al aula, ni tampoco es necesario darle a esto ninguna solución.

Una vez más, estos procedimientos demuestran su carácter ya no anónimo para preservar los tantas veces nombrados principios de igualdad, mérito y capacidad, sino su carácter deshumanizador que puede conducirnos a situaciones tan perniciosas para nuestra profesión, como la aquí destacada y que lejos de convertir las oposiciones en un proceso donde seleccionar a los mejores profesionales de la educación, se ha desarrollado desde hace décadas, una maquinaria obsoleta y propia del siglo pasado generadora de una gran frustración para quienes se enfrentan a situaciones que, en no pocas ocasiones, comportan un gran nivel de arbitrariedad y la total ausencia de alteridad, es decir, la nula capacidad de ponerse en el lugar del otro.

Más, ante tanta desidia y deshumanización de un proceso “per se” exigente, también nos deja algo positivo y esperanzador y son gestos como el del compañero-opositor que a pesar del manifiesto riesgo a ser sancionado con no leer examen, incluso, exclusión del proceso (no trabajar en los próximos años) nos puede mostrar y nos viene a plantear que en tiempos insolidarios, hiper-competitivos e individualistas, también es posible la esperanza y que nos obliga de alguna manera al menos a abrir una ventana a la reflexión sobre lo que estamos construyendo.

Y es que al final de las oposiciones suelen quedar los nombres de las personas que ocuparán las plazas objeto de esta oposición. Sin embargo, por el camino los efectos y los afectos negativos que generan estos procesos, en los que cada persona se juega una parte importante de su vida, son también dignos a destacar.

Por ello, esta llamada a la reflexión para evitar añadir más estrés, ansiedad u otros problemas psicológicos relacionados con la autoestima o la estabilidad emocional, a un proceso ya de por sí complejo, pero no por ello debiera estar ausente de dignidad; pues…

¿hablamos de educación?

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